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La tierra que habito

Me quejo, me quejo de que la caldera se rompe y no funciona. Sale el agua, tan fría como un hielo, la misma que tomo, ya que no compro agua embotellada. El agua mineral no me gusta, me gusta más el sabor al agua de la canilla. A veces dejo el agua corriendo ya caliente, porque tardo en entrar a la ducha. Me digo que no compro agua, pero sí que lo estoy haciendo, cuando pago la factura de la empresa proveedora del servicio. Consumo agua potable que gracias al gas puedo calentarla y tratarla como un recurso gratuito e ilimitado.

Para Fraser, la crisis ecológica no es separable de la crisis de los cuidados ni de la crisis racial. Las tres son crisis de las mismas condiciones de fondo que el capital devora sin reponer. Hay un patrón: las poblaciones despojadas de poder político son también las más expuestas al daño ambiental.

En 2014, Fernanda Trías tuvo una idea: escribir una novela de una distopía que sucedía en Montevideo, Uruguay. Una epidemia que saturaba los hospitales. Su publicación fue programada para 2020, sin saber que iba a coincidir con una pandemia. Explora una crisis alimentaria desde la representación a través de la escritura, mostrando la interdependencia con el planeta, ejemplificando el concepto de ecocrítica, que surge en los años 90. No es terror, Samanta Schweblin utiliza el terror para examinar la violencia lenta de la contaminación agroquímica. Mediante cada cuento de Ustedes brillan en lo oscuro, Liliana Colanzi también utiliza el terror, pero no muestra el daño sobre los cuerpos, sino sobre el territorio mismo.

La literatura latinoamericana escrita por mujeres no solo denuncia la crisis ecológica: inventa formas de percepción para algo que el lenguaje ordinario no puede capturar. Desconocemos si mañana aquello se va a volver realidad, pero existe y no debe ser devorado.

Los libros